Abro
la puerta de mi casa, y me encuentro con la mirada de mi padre. Pero
es una mirada llena de enfado, odio, y me hace estremecerme. Mi madre
está detrás, y me mira con frialdad. Entonces habla mi padre. Duro.
-Vas
a un internado. Ya, se acabó.
Abro
la boca, estupefacta; no he hecho nada, esta vez no. No tienen
ninguna razón.
-Mañana
coges un tren en la estación del pueblo. Irás directa. Y esperamos
no tener que tenerte más en casa-añade mi madre.
Sigo
sin entender nada, pero algo me dice que no me darán razones, y que
yo sólo puedo empeorar las cosas, por lo que me mantengo callada.
Subo
a mi cuarto, y antes de poder hacer nada más, me echo a llorar. De
rabia, de miedo. Miedo al odio de mis padres, miedo a la forma de la
que me han hablado: como si no me reconocieran. Esto es injusto, y lo
sé. Pero me siento pequeña, ´débil e impotente. Y eso también me
asusta. Es la primera vez que me siento así frente a mis padres.
Mi
madre entra en el cuarto, sin hacer un sólo ruido, y me tira algo,
que no puedo coger, y que me cae en la cabeza. Es mi diario. Una
vieja libreta que tengo desde muy pequeña, con tapas de cuero. Ya ni
sé que he escrito en él, pero el mensaje de mi madre es claro: no
quieren saber nada de mí, y me dejan toda mi infancia, encerrada
entre estas tapas.
Con
un nudo en la garganta, saco mi maleta y empiezo a llenarla con todas
mis pertenencias. Mi cuarto es pequeño, y tengo pocas cosas, por lo
que no tengo ningún problema en hacer que todo quepa.
Esa
noche no puedo dormir casi. Me acurruco en mi vieja manta, y lloro,
me siento desesperada. Cuando finalmente se me cierran los párpados,
sueño con lo que pasó anoche:
Estoy
sentada ante la chimenea del pequeño salón de mi casa, en una aldea
de Galicia. Estamos en noviembre, y hace frío, por lo que me
acurruco mejor, bebiendo sorbos de mi tila, cuando oigo el grito. Es
un grito que hace que me estremezca entera. Un grito cargado de dolor
y miedo, el grito de la muerte. Proviene de la casa vecina. Sé que
en ella vive un anciano que siempre me ha tratado muy bien, dándome
pan y galletas. Inmediatamente me pongo en pie, y salgo disparada de
la casa, temblando. Mis padres no están conmigo esta noche, han
salido, y para variar, no sé cuál es la razón.
Las
luces de la casa vecina están apagadas, y la puerta abierta de par
en par. No vacilo. Entro, y lo que veo me deja de piedra: Sobre el
suelo de la entrada, hay un bulto inmóvil. Sé qué es. Mejor dicho,
quién es, pero una parte de mí se revela ante la verdad. Dos ojos
muertos, blancos, desenfocados me miran en la oscuridad de la noche.
Me vuelvo a estremecer, y de pronto ya no me siento segura en mi
casa, en mi pueblo. Huelo el miedo, huelo la muerte, la traición, en
este asesinato. Cuando las autoridades ven que el cuerpo estaba
intacto por fuera y por dentro, supusieron que había muerto de
vejez. Pero yo sé que ha sido asesinado. NO sé cómo ni por qué,
pero sé que o ha muerto naturalmente. Me caigo al suelo de rodillas,
y tiemblo aún más cuando se llevan el cadáver. Ni siquiera lo van
a enterrar, porque no tiene familia. Nadie lo quería, nadie, salvo
yo, comprendo.
Cuando
me acuesto esa noche, pienso en mis padres. Los veo relacionados con
esa muerte, y el miedo me vuelve a invadir...
Me
despierto, jadeante. Fue traumatizante esa experiencia, pero ahora
tengo que vivir una terrible injusticia. Me levanto y me abrigo, para
bajar con las maletas al salón. Si pensaba que me dieran una buena
comida o una despedida emotiva, me he equivocado, y mucho; mis padres
me miran casi con más odio que ayer, me empujan al exterior, y
cierran la puerta con un portazo. Hay una carreta tirada por dos
caballos negros y viejos, y el conductor, un señor de mediana edad,
tuerto y desagradable, me hace entrar. Lo último que veo antes de
sumirme otra vez en las brumas
del
miedo son los ojos de mis padres, llenos de alivio. No puedo evitar
pensar que sólo querían deshacerse de mí.