lunes, 30 de septiembre de 2013

Capítulo 1


Me llamo Noah Hoyle y voy a cumplir dieciséis años, y soy gallega. Vivía con mis padres en una pequeña aldea de Pontevedra. Hasta lo que me ocurrió ayer, que sigo sin entender. Como todas las adolescentes, he tenido discusiones con mis padres a menudo. Pero no había razón para mandarme a un internado. Llevábamos dos semanas sin alzar la voz.

Me acurruco en mi asiento del viejo tren. Hace mucho ruido y sé que no podré dormir. Sigo temblando por la actitud de mis padres y el asesinato del vecino. El internado al que voy no está muy lejos de mi aldea. A una hora de tren. Pero nunca he oído hablar de él. Se llama El Internado, simplemente. No se han currado mucho el nombre, la verdad.

Mi tren llega ruidosamente a la estación de mi nuevo hogar, y se me cae el alma a los pies; las vigas del tejado están caídas, el suelo está lleno de musgo y hierbas, y hay telarañas por todas partes. Espero que El Internado no sea así también por dentro. Cruzamos el umbral de la estación y llegamos a un enorme jardín asalvajado. Sin embargo, no tiene el aspecto desvencijado del andén. Las enredaderas le dan color al paisaje nevado, y me pregunto cómo pueden aguantar estas flores con este frío. Porque aquí hace más frío que en mi aldea. Alzo la cabeza y veo un edificio de piedra enrome. Parece antiguo, y da un aire clásico a todo esto. Tal vez no sea tan malo vivir aquí. Llegamos al portón de entrada: una vieja puerta de madera rojiza, decorada con figuras geométricas de metal. Casi parece un castillo. Entramos, y veo a alumnos que van de un sitio a otro, hablando entre ellos en un tono algo desapasionado. Cuando paso a su lado me miran con mala cara, y no puedo evitar que sus expresiones me recuerden a mis padres. Me conducen escaleras arriba a los aposentos de las alumnas, y me indican mi cuarto. Primero me desilusiona la idea de tener uno para mí sola, pero recuerdo las miradas de la gente del pasillo, y me digo que tal vez sea mejor así.

Mi cuarto no es muy grande, pero sí más que el de mi casa. Hay una cama de sábanas cálidas, un armario de madera viejo, un escritorio, una alfombra roja, una lámpara y una gran ventana, que da al jardín, y por la que también se ve el bosque que se extiende a los pies del internado. Más allá hay unas colinas, sobre las que hay niebla. Decido empezar a ordenar mis cosas en el cuarto. Cuando termino, me vuelvo a sentir débil y vulnerable, y me escondo bajo las mantas, esperando despertar de esta pesadilla ya mismo.

No puedo estar mucho tiempo descansando, porque en mi cuarto entra una mujer delgada y alta, de mediana edad y pelo castaño, que me dice que es la hora de comer.

No tengo más remedio que seguirla pos los pasillos del internado, hasta el comedor, una enorme sala con largas mesas y lámparas colgando del techo. Tomo asiento donde me indica, junto a una chica rubia, de piel blanca y perfecta, que viste un uniforme. Supongo que yo usaré el mismo.

De comer hay estofado de carne que está demasiado soso, y espero que no sea así todos los días.

Escucho la conversación de la chica rubia con el resto de lo que deben ser sus amigos, y me entero de que se llama Gabriela. El chico pelirrojo de aspecto bobo se llama Charly y el moreno, alto y guapo, Mario.

Gabriela habla con superioridad, pero tabién con dureza, y comenta cosas malas de otros alumnos. De repente, se gira y clava sus ojos azules en mí.

-¿Quién eres tú?-me espeta.

-Me llamo Noah-respondo, con calma.

-Noah, eh, eres nueva, ¿no?

-Sí.

-Bueno, pues a ver cuánto duras. Viva no mucho, solo eres un bicho molesto.

Parpadeo, ¿no irá en serio? Seguro que no. Le dirijo una mirada que pretende ser dura, pero me siento aún dolorida por dentro, y no resulta muy convincente. Me levanto, de mal humor, y subo a mi cuarto de nuevo. Todas mis esperanzas de que fuera un buen lugar se han esfumado. Rompo a llorar, sin poderlo evitar, y me quedo dormida, agotada por todo.

-La nueva, esa tal Noah, ¿sabéis quién es?-oigo una voz en el pasillo, al levantarme por la mañana.

Me estiro y decido vestirme, luego salgo, fingiendo no haber oído lo que decía el grupo de alumnos.

-Ah, buenos días-me dice una, burlándose de mí.

-Buenos día, ¿a esta? No me hagas reír, anda-comenta otro.

Los ignoro, y bajo. No tengo mucha hambre, pero como no hay nada más que hacer, voy al comedor, donde me sirvo chocolate caliente, y tostadas. Dudo un rato antes de sentarme en mi sitio de ayer.

Los días siguientes son muy aburridos, y este lugar me agobia. Cuando pido salir al jardín, un profesor me acompaña siempre. Gabriela sigue hablándome mal y, por descontado, habla fatal de mí a mis espaldas. El resto de los alumnos ya ni me dirigen la palabra, sólo me lanzan miradas llenas de odio y asco. Y a la segunda semana desde mi llegada, ya ni puedo afrontarlos con dureza, si no que bajo la cabeza.

Empiezan las clases, y me dan mi uniforme: un vestido azul a cuadros, una camiseta blanca, y un pequeño fular rojo. Los zapatos son azules, y los calcetines también. Además, dispongo de una chaqueta del mismo color.

Cada mañana, meto mis libros de texto en una bolsa de cuero que me traje de casa, y bajo a la zona de las aulas. Lo peor es que hasta los profesores me tratan con frialdad, y que Gabriela está en mi clase. También están aquí Charly y Mario, que no son mucho mejores que la chica.

Me concentro completamente en los estudios, y escribo en mi diario, aunque todos mis días sean igual de deprimentes.

Hoy es viernes, los viernes son lo peor, porque viene el fin de semana. Recuerdo cuando esperaba con emoción este día, pero ahora lo odio. Los fines de semana no tengo nada que hacer, y, si es posible, son días más deprimentes todavía.

Camino por los frescos y amplios pasillos del internado, cuando veo que la gente cuchichea, igual que lo hacían cuando yo llegué. Me abro paso, cosa que no es difícil, porque la gente se aparta de mí, como si tuviese una enfermedad contagiosa o algo parecido.

Cuando consigo llegar al principio de la multitud, sólo veo una figura que se aleja por el pasillo. Creo que tiene el pelo rubio. Me asusta la forma de la que la miran todos. Y me vuelve a recordar a mis padres...








jueves, 1 de agosto de 2013

Prólogo~


Abro la puerta de mi casa, y me encuentro con la mirada de mi padre. Pero es una mirada llena de enfado, odio, y me hace estremecerme. Mi madre está detrás, y me mira con frialdad. Entonces habla mi padre. Duro.

-Vas a un internado. Ya, se acabó.

Abro la boca, estupefacta; no he hecho nada, esta vez no. No tienen ninguna razón.

-Mañana coges un tren en la estación del pueblo. Irás directa. Y esperamos no tener que tenerte más en casa-añade mi madre.

Sigo sin entender nada, pero algo me dice que no me darán razones, y que yo sólo puedo empeorar las cosas, por lo que me mantengo callada.

Subo a mi cuarto, y antes de poder hacer nada más, me echo a llorar. De rabia, de miedo. Miedo al odio de mis padres, miedo a la forma de la que me han hablado: como si no me reconocieran. Esto es injusto, y lo sé. Pero me siento pequeña, ´débil e impotente. Y eso también me asusta. Es la primera vez que me siento así frente a mis padres.

Mi madre entra en el cuarto, sin hacer un sólo ruido, y me tira algo, que no puedo coger, y que me cae en la cabeza. Es mi diario. Una vieja libreta que tengo desde muy pequeña, con tapas de cuero. Ya ni sé que he escrito en él, pero el mensaje de mi madre es claro: no quieren saber nada de mí, y me dejan toda mi infancia, encerrada entre estas tapas.

Con un nudo en la garganta, saco mi maleta y empiezo a llenarla con todas mis pertenencias. Mi cuarto es pequeño, y tengo pocas cosas, por lo que no tengo ningún problema en hacer que todo quepa.

Esa noche no puedo dormir casi. Me acurruco en mi vieja manta, y lloro, me siento desesperada. Cuando finalmente se me cierran los párpados, sueño con lo que pasó anoche:



Estoy sentada ante la chimenea del pequeño salón de mi casa, en una aldea de Galicia. Estamos en noviembre, y hace frío, por lo que me acurruco mejor, bebiendo sorbos de mi tila, cuando oigo el grito. Es un grito que hace que me estremezca entera. Un grito cargado de dolor y miedo, el grito de la muerte. Proviene de la casa vecina. Sé que en ella vive un anciano que siempre me ha tratado muy bien, dándome pan y galletas. Inmediatamente me pongo en pie, y salgo disparada de la casa, temblando. Mis padres no están conmigo esta noche, han salido, y para variar, no sé cuál es la razón.

Las luces de la casa vecina están apagadas, y la puerta abierta de par en par. No vacilo. Entro, y lo que veo me deja de piedra: Sobre el suelo de la entrada, hay un bulto inmóvil. Sé qué es. Mejor dicho, quién es, pero una parte de mí se revela ante la verdad. Dos ojos muertos, blancos, desenfocados me miran en la oscuridad de la noche. Me vuelvo a estremecer, y de pronto ya no me siento segura en mi casa, en mi pueblo. Huelo el miedo, huelo la muerte, la traición, en este asesinato. Cuando las autoridades ven que el cuerpo estaba intacto por fuera y por dentro, supusieron que había muerto de vejez. Pero yo sé que ha sido asesinado. NO sé cómo ni por qué, pero sé que o ha muerto naturalmente. Me caigo al suelo de rodillas, y tiemblo aún más cuando se llevan el cadáver. Ni siquiera lo van a enterrar, porque no tiene familia. Nadie lo quería, nadie, salvo yo, comprendo.

Cuando me acuesto esa noche, pienso en mis padres. Los veo relacionados con esa muerte, y el miedo me vuelve a invadir...



Me despierto, jadeante. Fue traumatizante esa experiencia, pero ahora tengo que vivir una terrible injusticia. Me levanto y me abrigo, para bajar con las maletas al salón. Si pensaba que me dieran una buena comida o una despedida emotiva, me he equivocado, y mucho; mis padres me miran casi con más odio que ayer, me empujan al exterior, y cierran la puerta con un portazo. Hay una carreta tirada por dos caballos negros y viejos, y el conductor, un señor de mediana edad, tuerto y desagradable, me hace entrar. Lo último que veo antes de sumirme otra vez en las brumas

del miedo son los ojos de mis padres, llenos de alivio. No puedo evitar pensar que sólo querían deshacerse de mí.