Me
llamo Noah Hoyle y voy a cumplir dieciséis años, y soy gallega.
Vivía con mis padres en una pequeña aldea de Pontevedra. Hasta lo
que me ocurrió ayer, que sigo sin entender. Como todas las
adolescentes, he tenido discusiones con mis padres a menudo. Pero no
había razón para mandarme a un internado. Llevábamos dos semanas
sin alzar la voz.
Me
acurruco en mi asiento del viejo tren. Hace mucho ruido y sé que no
podré dormir. Sigo temblando por la actitud de mis padres y el
asesinato del vecino. El internado al que voy no está muy lejos de
mi aldea. A una hora de tren. Pero nunca he oído hablar de él. Se
llama El Internado,
simplemente. No se han currado mucho el nombre, la verdad.
Mi
tren llega ruidosamente a la estación de mi nuevo hogar, y se me cae
el alma a los pies; las vigas del tejado están caídas, el suelo
está lleno de musgo y hierbas, y hay telarañas por todas partes.
Espero que El Internado no sea así también por dentro. Cruzamos el
umbral de la estación y llegamos a un enorme jardín asalvajado. Sin
embargo, no tiene el aspecto desvencijado del andén. Las enredaderas
le dan color al paisaje nevado, y me pregunto cómo pueden aguantar
estas flores con este frío. Porque aquí hace más frío que en mi
aldea. Alzo la cabeza y veo un edificio de piedra enrome. Parece
antiguo, y da un aire clásico a todo esto. Tal vez no sea tan malo
vivir aquí. Llegamos al portón de entrada: una vieja puerta de
madera rojiza, decorada con figuras geométricas de metal. Casi
parece un castillo. Entramos, y veo a alumnos que van de un sitio a
otro, hablando entre ellos en un tono algo desapasionado. Cuando paso
a su lado me miran con mala cara, y no puedo evitar que sus
expresiones me recuerden a mis padres. Me conducen escaleras arriba a
los aposentos de las alumnas, y me indican mi cuarto. Primero me
desilusiona la idea de tener uno para mí sola, pero recuerdo las
miradas de la gente del pasillo, y me digo que tal vez sea mejor así.
Mi
cuarto no es muy grande, pero sí más que el de mi casa. Hay una
cama de sábanas cálidas, un armario de madera viejo, un escritorio,
una alfombra roja, una lámpara y una gran ventana, que da al
jardín, y por la que también se ve el bosque que se extiende a los
pies del internado. Más
allá hay unas colinas, sobre las que hay niebla. Decido empezar a
ordenar mis cosas en el cuarto. Cuando termino, me vuelvo a sentir
débil y vulnerable, y me escondo bajo las mantas, esperando
despertar de esta pesadilla ya mismo.
No
puedo estar mucho tiempo descansando, porque en mi cuarto entra una
mujer delgada y alta, de mediana edad y pelo castaño, que me dice
que es la hora de comer.
No
tengo más remedio que seguirla pos los pasillos del internado, hasta
el comedor, una enorme sala con largas mesas y lámparas colgando del
techo. Tomo asiento donde me indica, junto a una chica rubia, de piel
blanca y perfecta, que viste un uniforme. Supongo que yo usaré el
mismo.
De
comer hay estofado de carne que está demasiado soso, y espero que no
sea así todos los días.
Escucho
la conversación de la chica rubia con el resto de lo que deben ser
sus amigos, y me entero de que se llama Gabriela. El chico pelirrojo
de aspecto bobo se llama Charly y el moreno, alto y guapo, Mario.
Gabriela
habla con superioridad, pero tabién con dureza, y comenta cosas
malas de otros alumnos. De repente, se gira y clava sus ojos azules
en mí.
-¿Quién
eres tú?-me espeta.
-Me
llamo Noah-respondo, con calma.
-Noah,
eh, eres nueva, ¿no?
-Sí.
-Bueno,
pues a ver cuánto duras. Viva no mucho, solo eres un bicho molesto.
Parpadeo,
¿no irá en serio? Seguro que no. Le dirijo una mirada que pretende
ser dura, pero me siento aún dolorida por dentro, y no resulta muy
convincente. Me levanto,
de mal humor, y subo a mi cuarto de nuevo. Todas mis esperanzas de
que fuera un buen lugar se han esfumado. Rompo a llorar, sin poderlo
evitar, y me quedo dormida, agotada por todo.
-La
nueva, esa tal Noah, ¿sabéis quién es?-oigo una voz en el pasillo,
al levantarme por la mañana.
Me
estiro y decido vestirme, luego salgo, fingiendo no haber oído lo
que decía el grupo de alumnos.
-Ah,
buenos días-me dice una, burlándose de mí.
-Buenos
día, ¿a esta? No me hagas reír, anda-comenta otro.
Los
ignoro, y bajo. No tengo mucha hambre, pero como no hay nada más que
hacer, voy al comedor, donde me sirvo chocolate caliente, y tostadas.
Dudo un rato antes de sentarme en mi sitio de ayer.
Los
días siguientes son muy aburridos, y este lugar me agobia. Cuando
pido salir al jardín, un profesor me acompaña siempre. Gabriela
sigue hablándome mal y, por descontado, habla fatal de mí a mis
espaldas. El resto de los alumnos ya ni me dirigen la palabra, sólo
me lanzan miradas llenas de odio y asco. Y a la segunda semana desde
mi llegada, ya ni puedo afrontarlos con dureza, si no que bajo la
cabeza.
Empiezan
las clases, y me dan mi uniforme: un vestido azul a cuadros, una
camiseta blanca, y un pequeño fular rojo. Los zapatos son azules, y
los calcetines también. Además, dispongo de una chaqueta del mismo
color.
Cada
mañana, meto mis libros de texto en una bolsa de cuero que me traje
de casa, y bajo a la zona de las aulas. Lo peor es que hasta los
profesores me tratan con frialdad, y que Gabriela está en mi clase.
También están aquí Charly y Mario, que no son mucho mejores que la
chica.
Me
concentro completamente en los estudios, y escribo en mi diario,
aunque todos mis días sean igual de deprimentes.
Hoy
es viernes, los viernes son lo peor, porque viene el fin de semana.
Recuerdo cuando esperaba con emoción este día, pero ahora lo odio.
Los fines de semana no tengo nada que hacer, y, si es posible, son
días más deprimentes todavía.
Camino
por los frescos y amplios pasillos del internado, cuando veo que la
gente cuchichea, igual que lo hacían cuando yo llegué. Me abro
paso, cosa que no es difícil, porque la gente se aparta de mí, como
si tuviese una enfermedad contagiosa o algo parecido.
Cuando
consigo llegar al principio de la multitud, sólo veo una figura que
se aleja por el pasillo. Creo que tiene el pelo rubio. Me asusta la
forma de la que la miran todos. Y me vuelve a recordar a mis
padres...
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